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Volver a un hostel a los 43: lo que cambió, lo que quedó y lo que ya no espero

Oficina transitoria. Cama 3007. Acceso al hostel.

Hacía por lo menos diez años que no me alojaba en un hostel. Una década entera sin compartir habitación, baño ni desayuno con desconocidos. De los tiempos que con Juli íbamos saltando de país en país viviendo nuestro propio mundo de experiencias. Lo que antes era rutina de viaje, hoy se convirtió en un experimento: ¿Podría volver a hacerlo? ¿Tendría paciencia? ¿Dormiría bien? ¿Me sentiría fuera de lugar?

Tenía que viajar a las cercanías de Barcelona por unos días, y esta vez lo hacía solo. Esa fue la razón —quizás la única— por la cual me animé a reservar en un hostel. Si el viaje hubiese sido con mi familia, probablemente ni me lo hubiera planteado. Pero al estar solo, sentí que podía permitirme una experiencia diferente. Algo que, por otro lado, ya conocía de mis años más jóvenes.

Este artículo no busca dar una reseña del alojamiento, ni hacer una guía para mochileros. Es, más bien, un reencuentro con una versión de mí mismo. Una mirada desde el ahora a algo que fue tan natural en otro tiempo. ¿Qué cambia en el viaje cuando cambiamos nosotros?

Me alojé en el InOut Hostel, un lugar singular ubicado en plena sierra de Collserola, a pocos metros de la estación de tren Baixador de Vallvidrera. Lo elegí por su ubicación práctica: tenía reuniones de trabajo cerca, a solo dos paradas de tren. Esta vez no llevaba mochila, como en aquellos años de viajes largos y espontáneos, sino una pequeña maleta con rueditas y una mochila con mi computadora. Una versión más ejecutiva de mí mismo.

La habitación asignada fue la número 30. Está en lo alto del complejo, en la zona deportiva del hostel, al lado de una piscina, una mesa de ping-pong y una cancha que sirve tanto para fútbol como para básquet. Era la habitación más alejada de la recepción. 20 camas en forma de cuchetas / literas. Mi primera impresión fue casi un alivio. No había nadie. Por un momento sentí que todo ese espacio sería solo para mí.

Había dejado un comentario en la reserva de Booking pidiendo una cama de abajo —ya no estoy para andar trepando— y lo recordé amablemente a Daisy en la recepción. Subí, dejé mi valijita en el locker, tomé la mochila con la computadora y bajé directo al restaurante en busca del bien más preciado del viajero moderno: un enchufe. Mi batería ha muerto. Tenía una reunión virtual, de esas que uno puede hacer desde cualquier parte del mundo. Y lo hice. Como un verdadero nómada digital, aunque con el alma más de cronista que de programador.

Por la noche, al volver, ya no estaba solo. Tenía dos compañeros de cuarto, aunque por suerte en la otra punta de la habitación. Nuestros ronquidos no se cruzarían. Cerré las ventanas —los mosquitos tigre de la zona no son una leyenda— y me entregué al descanso, no sin antes mirar por la ventana en busca del Tibidabo o de algún jabalí ocasional.

La gran diferencia, lo que más me llamó la atención, fue el silencio entre nosotros. No porque no hubiese sonido, sino porque no había intercambio. Todos, yo incluído, estábamos conectados al mundo a través de pantallas. No hubo charlas compartidas, ni historias de viaje en la cocina, ni mapas estirados sobre la mesa. Faltó eso. O mejor dicho: yo lo eché de menos. Los demás parecían estar bien así.

Lo que más me sorprendió no fue el hostel en sí, sino cómo lo viví. Antes, alojarme en un lugar así era casi sinónimo de aventura, de conocer gente, de estar en un limbo temporal donde las conversaciones surgían espontáneamente y los días se estiraban entre planes improvisados. Ahora fue distinto.

La convivencia existió, pero sin diálogo. Éramos presencias compartiendo el mismo aire, pero cada uno metido en su mundo digital. Todos con sus auriculares, con sus pantallas, con sus rutinas. Como si estuviésemos más conectados con el exterior que con lo que teníamos al lado. Yo también era parte de eso, lo sé. Tenía trabajo que hacer, llamadas, reuniones. Pero al mismo tiempo, algo en mí deseaba volver a ese espíritu de antes: de sentarse con un desconocido y empezar a hablar.

Así soy yo según la IA

Me di cuenta de que no es solo que los hostels cambiaron. Yo también cambié. Ya no busco lo mismo, ni espero lo mismo. Sigo queriendo experiencias, pero no necesariamente multitudinarias. Valoro más la tranquilidad, la privacidad, el poder elegir cuándo abrirme al otro y cuándo cerrarme al mundo.

Quizás también estoy en esa franja extraña: demasiado grande para el espíritu adolescente del mochilero, pero aún con las ganas y el cuerpo lo suficientemente activo como para no querer renunciar del todo a ciertas formas de viajar. No es nostalgia, es evolución. La pregunta ya no es si me gusta o no estar en un hostel, sino en qué circunstancias tendría sentido hacerlo otra vez.

Si tuviera que dar consejos:

  1. Elegí bien tu habitación
    Si ya pasaste los 40, quizás no es lo mismo dormir en una habitación compartida de 20 que en una de 4 o 6. A veces, pagar un poco más por menos camas puede ser una gran diferencia en descanso y confort mental.
  2. Pedí una cama de abajo ( sin vergüenza)
    Puede parecer un detalle menor, pero no lo es. Si ya sabes que subir a una litera no es lo tuyo, acláralo en la reserva y recuérdalo al hacer el check-in. Pequeños gestos que mejoran mucho la estancia.
  3. No esperés lo mismo que hace diez años
    La energía del hostel sigue ahí, pero tú cambiaste. Ir sin expectativas es clave. No vas a vivir lo mismo que antes, pero eso no significa que no pueda ser igual de valioso, desde otro lugar.
  4. Llevá auriculares… y apertura mental
    Puede que no hables con nadie, o puede que una noche termines compartiendo un vino con alguien de Islandia. No lo busques. Solo estate disponible.
  5. Buscá hostels con espacios comunes reales
    Un buen salón, una cocina compartida o una terraza con vistas pueden hacer la diferencia entre una noche de aislamiento o una conversación inesperada.

Tené claro por qué querés ese alojamiento
¿Precio? ¿Ubicación? ¿Sociabilidad? ¿Nostalgia? Saber qué esperas te ayuda a no frustrarte si lo que encuentras es otra cosa.

Acerca de Edgardo (55 artículos)
Soy el Co-Blogger que todos quisieran tener al lado. Escribo, hago fotos y filmo. Me animo a hablar en público. Me cuesta concentrarme y me aburro muy facilmente. Cada post que escribo lo hago con el corazón (sino Julia me lo descarta). Según la Universidad soy Licenciado en Turismo pero yo creo en realidad que soy un Maestro Cervecero en potencia que ama viajar para descubrir nuevos sabores de maltas y lúpulos. Experto en mapas y rutas, excelente chofer que nunca se pierde. Aún no conozco todo el mundo así que acepto propuestas para organizar nuestro próximo viaje.

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